“Edipona”- Sófocles con Lacan – Claudia Iddan, NLS, Jérusalem

La ética que sostiene la práctica analítica es la que crea la institución. Si bien con el término de institución se hace por lo general referencia a un marco social creado para la implementación de ciertos objetivos o principios, la institución propiamente dicha, en particular en el campo del psicoanálisis, radica más en la posición ética que se sostiene que en los encuadres que se crean.

“Después del Edipo, las mujeres se conjugan en futuro”, título peculiar de nuestro congreso que pone en evidencia dos cuestiones, la primera, el eje del Edipo mismo como sinónimo, diría yo, de estructura institucional y la segunda, el eje de la temporalidad y su relación a las posiciones sexuales.

Propongo como lectura  posible de la intersección entre Edipo, tiempo y mujeres la orientación que surge con el “después” creado por los viricuetos de la trama que van desarrollándose a partir de la pieza de Edipo rey pasando por Edipo en Colona hasta Antígona, es decir un después acorde al desplazamiento de Edipo a la figura de Antígona y a su posición. Este trayecto en la tragedia griega conjuga ética y tiempo y podria tal vez ser conjugado en una suerte de equívoco de la lengua: “Edipona”.

Abordar esta intersección de Edipona a través de Sófocles con Lacan me permitirá delimitar ciertas coordenadas de la ética a partir de la tragedia para poner en relieve la dimensión del acto y del Uno solo o Un-dividualismo, como J.A.Miller lo presenta.

Con Sófocles y Lacan

La tragedia griega le permite a Lacan referirse a la ética del psicoanálisis a través de la figura de Antígona que encarna el deseo puro o puro deseo que transgrede todas las leyes de la comunidad y empuja a la purgación de pasiones, temores y compasiones hasta el extremo de la propia muerte.  Traspasar los límites humanos, violar los límites del Até [ruina, insensatez, fatalidad], y llevar al extravío de la subjetividad.

Detrás del brillo de la imagen atrayente de Antígona, está el extravío y el horror frente a lo real. El principio básico de la ética psicoanálitica: no ceder frente al deseo, es presentado justamente a partir de la lectura de una figura femenina y de su acto en particular. Antígona acompaña a Edipo-padre, en el exilio, es su lazarillo, cuida de él y cuida del lugar del padre compartiendo su destino. La imposición de Creonte de no dar sepultura a Polinices, hermano de Antígona, despierta en ella el deber de su deseo, “ser fiel a su ley”, a su Un-dividualismo, contrario al decreto de la autoridad establecida y lo sepulta. Antígona por consiguiente es condenada a muerte, a ser sepultada en vida. Finalmente estando ya en la bóveda familiar se suicida, el acto por excelencia, ingresando así al mundo de los muertos.  Con esta seguidilla de dos actos, la sepultura de su hermano y el suicidio, Antígona no solo va más allá de la tradición y de las reglas establecidas, sino que apunta a lo real de la muerte, a un saberse desperdicio. Ella clama “respetar la piedad” al exigir la sepultura. Este llamado a la piedad cuestiona  el lugar de la misma, se trata de la piedad por amor al padre, de un límite simbólico o paradójicamente de lo contrario, de un ir más allá del padre, de un ir hacia lo real del cuerpo, franqueando los límites impuestos por lo simbólico, es decir respetar la a-piedad. El cuerpo de Polinices que cae como desecho encuentra en el suicidio de Antígona la iteración del Uno, una insistencia de lo real, del puro deseo de muerte en tanto nombre de la nada, del vacío, que pone precisamente en relieve “lo que [en el análisis] resulta de nuestra experiencia del saber”, según la formulación de Lacan en la Nota Italiana. Recordemos, en relación a este vacío, que en “Edipo en Colona”, Edipo no acepta retornar a Tebas y a ser sepultado, despues de su muerte, en los límites de la ciudad como lo exigen las autoridades, sino que decide morir solo, solo en su acto, quedando además el lugar de su tumba como incógnita, como un vacío. Esto con “Edipona”. Volviendo a las implicaciones de la tragedia en la ética analítica, en su acción, Lacan plantea en esa época de su enseñanza que “lo que el analista tiene para dar no es más que su deseo […] al igual que el analizado, haciendo la salvedad de que es un deseo advertido”1. Un deseo advertido es un deseo que si bien no cede conoce sus límites, los límites que impone el objeto que lo causa en tanto sujeto, los límites que ciernen el hueso de su síntoma o en otros términos la diferencia absoluta. “Después de Edipo” nos conduce a un deseo que va más allá de la significación articulada al deseo del Otro, es decir  un deseo sin Otro.

Esta diferencia absoluta marca el borde, el litoral entre el semblante discursivo y lo real singular. Los actos de Antígona impulsados por su deseo puro pueden ser leídos como una ruptura del semblante, como una ruptura del discurso establecido que “se presenta en lo real como erosión del significado”.2 El aluvión del lenguaje efectúa un trabajo de erosión sobre el organismo dejando marcas indelebles que configuran al cuerpo en lo real. La “erosión del significado” que produce un vacío, un punto fuera de la cadena inconsciente, es el sentido que permite el surgimiento de la diferencia absoluta y en consequencia la emergencia del deseo del analista o sea el viraje en la transferencia que sostiene el pasaje dellugar de erastes al de ofrecerse como eromenos en los análisis a conducir. Ocupar ese lugar fuera de la cadena del inconsciente, o del deseo del Otro, es ofrecerse como lugar vacío, necesario por cierto, para aquel que decida embarcarse en la experiencia analítica y desplegar la “varité” de su deseo para llegar al hueso de su síntoma.

Con Lacan, las mujeres y el tiempo

Lacan plantea que las mujeres están más a gusto en relación al inconsciente3 y pienso que esa relación al inconsciente se especifica por la posición que Lacan otorga a las mujeres en relación al goce.  “La mujer es un jouis-centre[goce-centro] conjugado a lo que no llamaría una ausencia [absence] pero si una de-sencia  [de-sence]”4. Un goce entonces, que si bien tiene su centro en la significación fálica, se conjuga también por la vía de ausentarse de la misma sin dejar por eso de ser un goce. Lacan sustituye el prefijo “ab” del término ab-sence que implica separación o evitación por el prefijo “de”, de-sence, que marca una negación, diría que marca entonces lo imposible de pensar del inconsciente, y no una pérdida, solo un punto fuera del sentido. Ese ausentarse de la significación es el que se conjuga, retomando el título del congreso, en futuro. El tiempo futuro- como Lacan lo señala- utiliza el proceso del deber o haber5 en la declinación de un verbo por medio de los sufijos introducidos en cada variante. Es decir que el tiempo futuro acentúa o impulsa como tal el vector del deber o haber implicado en la línea de la acción, del acto, en otras palabras impulsa el vector del deseo como deber, exigencia.

El tiempo, por otra parte, se mide a través del espacio- J.A.Miller lo ha puesto de manifiesto en “La erótica del tiempo”- es decir en la ubicación de los distintos lugares en un discurso yen los desplazamientos de uno al otro.  En presencia de los desplazamientos que se desarrollan en las tragedias anteriormente mencionadas podemos en efecto considerar que el lugar de Edipo transformado en lugar vacío con su muerte impulsa como vector el acontecimiento Antígona. Habiendo sido la sombra de su padre se separa de ese lugar con el acto de la sepultura de su hermano. Podemos hablar de un acontecimiento ya que su actosolo se inscribe sobre el fondo de lo imposible: “pero no es posible!, esta loca! dirá su entorno. Plantear que las mujeres se conjugan en futuro, implica que se conjugan en una espera que hace presente precisamente ese futuro antes que este sea registrado como pasado, es decir antes que se produzca el entrecruzamiento entre el tiempo progresivo del deseo y el tiempo que retroactúa cerrando un significado. El futuro indica la orientación de la ética analítica, orientación hacia lo femenino del parlêtre,  abierta al acontecimiento más allá del sujeto supuesto saber, a lo inédito. Freud señala claramente la existencia de una repulsa de la feminidad- Ablehnung der Weiblichkeit-6 rechazo común a los dos sexos, es decir un rechazo a lo real de la sexualidad. Un real que insiste, que itera sin ley alguna ligado al reino de la Triebanspruch7, de la exigencia pulsional.

Para finalizar propongo un pequeño cambio del título, “Después del Edipo, la Feminidad se conjuga en futuro”, se conjuga en un conjunto abierto de versiones inéditas, infinitas.

 

1 Lacan, J.: “El Seminario. Libro 7, La Etica del Psicoanálisis “, pag. 358, Buenos Aires, Paidós, 1988.

2  Lacan, J.: “El Seminario. Libro 18, De un discurso que no fuera semblante, pag. 114, Buenos Aires, Paidos, 2009.

3 Lacan, J. El Seminario, Libro 24, RSI, clase del  11-2-75.

4 Lacan, J.: “El Seminario. Libro 19, …Ou pire, Paris, Seuil, p. 206

5 Lacan, J.: “El Seminario. Libro 8, La transferencia, Buenos Aires, Paidos, pag. 273

6 Freud, S. Obras completas, Analisis terminable e interminable, traduccion Lopez Ballesteros, Espana, Biblioteca Nueva, p. 3363

7  Freud, S. Obras completas, Inhibicion, Sintoma y Angustia , pag. 2880