Kafka, victima o verdugo ? Dalila Arpin

Numerosas son las escenas de una extremada crueldad en El proceso, de Franz Kafka. Así, por ejemplo, el doctor Huld y su gobernanta Leni humillan, sin razón, un viejo cliente del abogado, el viajante Block. Joseph K, que asiste a la escena, relata como este hombre se ve obligado a actuar como un perro y piensa: si le hubieran pedido que se pusiera boca abajo y que se metiera debajo de la cama y ladrara como en el fondo de la casucha, lo hubiera hecho con placer.

Como lo señala el historiador Saul Friedländer[1], Kafka experimenta un goce evidente en la observación y el relato de escenas de suplicio bastante sofisticadas. En una pequeña novela insertada en su Diario, el 15 de agosto de 1914, “Recuerdo del ferrocarril de Caldera”, el narrador se demora en la descripción de la tortura infligida a las ratas que acaba de atrapar en su barco. El goce sádico esta descripto sin ambages: el narrador atrapa la rata con su cuchillo, la sostiene contra el muro a la altura de su vista y luego  espera el momento en que la desdichada criatura se tuerce en un último gesto como si tendiera una mano al verdugo, quien goza en abstenerse de hacerlo.

La tortura en el escritor checo se presenta sobre todo teniendo como víctimas a animales. Sin embargo, la retorsión no está muy lejos y es común que en la misma descripción de una tortura infligida a una bestia, el cuchillo se torne hacia el sujeto mismo. En abril de 1913, confía a su amigo y posterior biógrafo, que se imagina acostado en el suelo y cortado como un trozo de carne asada. Luego, tiende un pedazo de ese asado a un perro que se encuentra al lado. “Tales fantasmas son el alimento cotidiano de mi espíritu”, dice.

En una de las últimas cartas a Milena, se expresa diciendo que la tortura es de una gran importancia para él. Él no se ocupa de otra cosa que de soportarla o infligirla. El fantasma toma la forma de un animal que arranca el látigo al amo para darse latigazos ella misma y asi convertirse en amo. La bestia ignora que no se trata sino de un fantasma, producido por un nuevo nudo de la rienda misma del amo.

En efecto, como lo dice Friedländer[2], la distancia es mínima entre el verdugo y su víctima, que no son sino una misma y única persona, cuando no son dos unidas por un pacto sadomasoquista. La posición masoquista de Kafka se redobla de fantasmas homosexuales. A pesar de sus numerosas conquistas y de las relaciones que tuvo con mujeres- muchas de ellas solo epistolares-, su preferencia  es por los muchachos. Su horror del  heteros es patente: en sus novelas, las mujeres son seres peligrosos que llevan a la ruina del hombre. Estos fantasmas, que inundan la vida psíquica del escritor, no van sino acompañados de su correlato de vergüenza, lo cual separa a este sujeto de la posición del perverso.

En este caso, podríamos avanzar la hipótesis de la tortura como un fenómeno de cuerpo que le permite mantener unidas las piezas sueltas que lo simbólico no alcanza a reunir. Una suplencia imaginaria a un real desmembrado, desligado de la significación fálica.

[1] Friedländer, S., Kafka, poète de la honte, Paris, Seuil, 2014, p. 140.

[2] Ibidem, p. 141.