OKUPAS DEL LENGUAJE – Gracia Viscasillas

Daniel tiene 4 años. Aunque según comentan sus padres dice algunas palabras, en las sesiones se muestra absolutamente silente. Coge dos coches y entra en una casita sin techo que hay en un rincón. Ahí, de espaldas a mí, se desarrollan las sesiones, en silencio: hace pasar una y otra vez los coches ante sus ojos. Cuando anuncio que es el tiempo de acabar, sale de la casita y deja los coches en la estantería; enuncio que me voy a ocupar de cuidar que estén allí para el próximo día, que entiendo que es importante. En una sesión escucho que emite un ruidito mientras mueve el coche. Señalo que parece el ruido de un coche. El sigue emitiendo ruidos, y yo voy añadiendo significantes que aportan un rasgo distintivo a los ruidos y que apuntan a localizarlos en un modo en el que él no quede ajeno.

Daniel parece acoger mi intervención sin que le parezca intrusiva. Cada vez entra más coches, haciendo ruidos diferentes y parece esperar mi respuesta. Pero continúa haciéndolo de espaldas a mí… hasta un día en que al emitir un ruido, digo que lo oigo pero que no lo veo y que no sé qué es. Entonces se coloca de perfil y me lo muestra: “¡Ah, es un avión!”, señalo entonces.

Comienza a trabajar desde afuera de la casita, metiendo en ella objetos que encuentra en una caja. Al principio va y viene de la caja a la casita llevando cada vez un objeto. Cuando lo introduce yo me ocupo simplemente de nombrar el objeto. En una ocasión coge un vaso y antes de meterlo hace el gesto de beber, y le digo que efectivamente, él sabe muy bien que es para beber con la boca. Tras esto, coge un plato y hace el gesto de comer, y también lo señalo del lado del saber que queda de su lado.

A la siguiente sesión, es la caja entera que arrastra junto a la casita, y es él mismo quien al meter los objetos hasta vaciar la caja, va pronunciando el nombre de los objetos. Lo hace de una forma robotizada, desvitalizada, y aquellos cuyo nombre no parece conocer los coloca de manera que me los hace ver, y entonces yo digo el nombre… a veces titubeo, o me equivoco o digo que no me acuerdo.

 

Un día, de entre los objetos, toma una salchicha de juguete, y con el mismo tono monocorde y enlentecido, dice “chal-chi-cha”. Entonces, tomo esto y me atrevo a decir: “¡chalchicha, chalchicha!, ¡qué palabra tan divertida!”. Daniel se vuelve y me mira por primera vez, al tiempo que estalla en carcajadas mientras él mismo dice “¡chalchicha, chalchicha!” en tono vivo. La palabra misma, que él toma, aligerada de la pesadez del sentido-pegado, surgió –por un momento entre nosotros- como una pelota de colores lanzada al aire. Se me hizo ahí presente la materia significante separada de la significación, la “moterialidad” del significante. Y marcó un viraje en el modo de ocupar el lenguaje.

 

Es a través de elementos de la lengua que no apuntan al sentido-pegado de la cosa, como estos niños pueden no digo apropiarse sino hacerse okupas del lenguaje. Lenguaje que pasaba por un Otro que se lo devolvía aligerado, sin sentido, vivo.

Cada niño agujerea el lenguaje a su manera, imprime en él una marca particular, al estilo de los graffitis que suelen rodear las casas okupas. Como en éstas, la circulación habitual de la casa es trastocada, al igual que la sintaxis en los autistas. Al igual que en ellas, encontramos en los autistas una especie de objetos totems, objetos al estilo de Duchamp, sacados de su uso habitual pero imprescindibles para hacer borde. Y como en las casas okupas, el Otro omnipotente con su amenaza de desalojo por la fuerza está siempre al acecho.